A esta edad puede que tengas un niño que quiere servirse la leche, subirse la cremallera y elegir la ropa completamente solo, y que se derrumba cuando le ayudas. O puede que tengas uno que podría hacer todo eso y, en cambio, se tira al suelo como un trapo y pide que lo vistas como a un bebé. Las dos cosas son normales a los 4 y 5 años, y las dos nacen del mismo sitio: tu hijo está averiguando de qué es capaz, y tu forma de responder le dice si es seguro averiguarlo.
Por qué ocurre a esta edad
Los niños de cuatro y cinco años están en lo que la psicología del desarrollo describe como una etapa de iniciativa. Quieren empezar cosas, dirigir cosas y que los vean mayores. Poder hacer una tarea de verdad, y que salga más o menos bien, construye la sensación de "yo puedo", que es la materia prima de la confianza. Que lo frenen, lo corrijan o le quiten la tarea demasiadas veces construye lo contrario: una sensación persistente de que intentarlo trae problemas.
Su cuerpo va alcanzando esa ambición. Entre los 4 y los 5 años, la mayoría aprende a vestirse y desvestirse con poca ayuda, a usar bien el tenedor y la cuchara, a lavarse las manos y a ir al baño solo. Lo más minucioso, como los botones pequeños, los cordones o limpiarse bien después de ir al baño, suele llegar más tarde. Así que el niño que insiste en hacerlo solo y luego no lo consigue no es terco por gusto; simplemente el deseo va por delante de la motricidad fina.
El niño que se resiste a la autonomía también suele tener sus motivos. Que te ayuden es cálido y cercano, y para un niño con un hermanito recién llegado o en una casa con mucho ajetreo puede ser la forma más segura de tenerte para él. Algunos han aprendido que una tarea mal hecha se rehace o se critica, así que prefieren no empezar. Otros simplemente están cansados: a un niño de 4 años, al final de un día largo en el cole, le queda muy poca energía para los calcetines.
Hacerlo tú es realmente más rápido esta mañana. Es más lento en los próximos cinco años, porque al niño al que se viste a los 4 a menudo se le sigue vistiendo a los 6, y para entonces el hábito cuesta más de cambiar para los dos.
Qué ayuda
Prepara el entorno para que la tarea sea posible. Mucho de lo que parece falta de ganas es una tarea físicamente demasiado difícil. Pon un perchero a la altura de sus hombros, un taburete junto al lavabo y una balda o un cajón bajo con la ropa de la semana. Elige ropa que lo ponga fácil: cinturas elásticas, camisetas de cuello ancho, zapatos con velcro. Un sencillo cartel con dibujos de los pasos de la mañana, hecho juntos y pegado en el armario, le permite comprobar qué viene después sin preguntarte, y señalar el cartel es más tranquilo que repetir las cosas.
Divide la tarea en pasos y enseña uno cada vez. "Vístete" son seis o siete habilidades distintas. Elige la que casi domina y dásela: "Tú metes los brazos en las mangas y luego te ayudo con la cabeza". Cuando los brazos salgan solos, añade la cabeza. Con el baño pasa lo mismo: bajarse la ropa, limpiarse, tirar de la cadena, lavarse las manos. Un paso nuevo por semana es más que suficiente.
Hazlo con él, luego a su lado y luego solo observa. Las habilidades nuevas pasan por tres fases. Primero lo hacéis juntos, con tus manos sobre las suyas. Después haces tu propia versión a su lado, por ejemplo, tú haces tu cama mientras él hace la suya. Luego te sientas en la cama y miras, y solo dices algo si te lo pide. Un niño que quiere que se lo hagan todo a menudo necesita mucho de la primera fase antes de arriesgarse con la segunda, y está bien.
Dale tareas reales que importen en casa. Los niños distinguen una tarea inventada de una de verdad. Poner los cubiertos, echar de comer a la mascota, regar las plantas, llevar su plato al fregadero o emparejar calcetines de la colada están al alcance de un niño de 4 años y son visiblemente útiles. "El gato te está esperando" motiva mucho más que "sé un buen ayudante". Mantén la misma tarea cada día para que se convierta en suya.
Ofrece elegir dentro de límites que ya has puesto. "¿Quieres el jersey azul o el verde?" "¿Primero dientes o pijama?" "¿Llevas tú la mochila o te pones el abrigo?" Las pequeñas decisiones le dan la sensación de control que busca, y lo que necesitas sigue ocurriendo. Dos opciones es el número adecuado; cinco es una nueva discusión.
Elogia el esfuerzo y el paso concreto, y deja el resultado en paz. "Te has subido toda la cremallera tú solo" le dice exactamente qué ha hecho bien y que te has dado cuenta. Una camiseta del revés, unos calcetines desparejados y una mesa puesta algo torcida son el precio de aprender. Cuando sea seguro, deja que la consecuencia enseñe: el niño que no quiere el abrigo puede llevarlo en la mano y notar el frío dos minutos en el patio, y mañana el abrigo se pondrá con más facilidad que con cualquier sermón.
Dale el tiempo que necesita. La mayoría de las batallas por la autonomía ocurren a las ocho menos diez de la mañana. Si vestirse solo le lleva diez minutos, levantaos todos diez minutos antes, o deja la ropa preparada la noche anterior y que se vista antes de desayunar en lugar de después. No puedes pedirle a un niño que sea lento, autónomo y puntual a la vez si no le has hecho sitio a eso.
Qué evitar
Rehacer lo que ha hecho delante de él. Estirar el edredón que acaba de subir o cambiarle los calcetines que ha elegido le dice que su intento no contaba. Si algo de verdad tiene que cambiar, hazlo luego, sin que te vea, o pídele que lo arregléis juntos.
Lanzarte a hacerlo tú. Una pausa no es un fracaso. Cuenta hasta diez mentalmente antes de ayudar y, cuando ayudes, hazlo con la parte más pequeña posible, no con todo.
Criticar o esperar un nivel de adulto. Un niño de 4 años no puede limpiar la mesa como tú, y señalarlo solo le enseña a no intentarlo. Compáralo consigo mismo el mes pasado, no contigo.
Premiar cada tarea con una pegatina o una chuchería. Los premios por el cuidado personal de cada día convierten la tarea en algo que gira en torno al premio, y el esfuerzo suele desaparecer cuando desaparece el premio. Un elogio concreto y la propia tarea bastan.
Forzar la autonomía cuando no le queda nada. Una enfermedad, una mala noche, un hermanito, una mudanza o las primeras semanas de colegio reducen la capacidad de un niño, y habilidades que tenía hace un mes pueden desaparecer una temporada. Esta regresión es normal. Ayúdale sin reparos, mantén la rutina visible y cuenta con que las habilidades vuelvan cuando las cosas se calmen.
Cuándo pedir ayuda
Habla con su pediatra o con tu médico de familia si:
- a los 5 años sigue claramente por detrás de otros niños de su edad al vestirse, usar los cubiertos o ir al baño, a pesar de haber tenido muchas oportunidades de practicar;
- parece especialmente torpe en tareas cotidianas como sujetar una cuchara, dibujar, subir escaleras o vestirse, de un modo que llama la atención frente a otros niños;
- cualquier intento de hacer algo solo le provoca una angustia extrema, mucho más allá de las protestas normales de un niño cansado;
- pierde habilidades que tenía bien asentadas en varias áreas a la vez, o la pérdida dura más de unas semanas después de que haya pasado la causa evidente.
Son motivos para preguntar, no señales de que algo vaya mal; un profesional puede valorar a la vez la motricidad, la audición, la vista y el desarrollo general.
Fuentes
- Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), "Aprenda los signos. Reaccione pronto." Indicadores importantes: su hijo a los cuatro años y su hijo a los cinco años
- Academia Americana de Pediatría, HealthyChildren.org, "Etapas del desarrollo: niños de 4 a 5 años"
- Academia Americana de Pediatría, HealthyChildren.org, "Tareas domésticas y responsabilidad"
- Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), "Consejos para la crianza positiva: preescolares (de 3 a 5 años)"