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Día 19 de 30 · Semana 3 · Conducta y límites

Transiciones sin batallas

7 min de lectura

Salir del parque. Apagar el videojuego. Salir de la bañera y, diez minutos después, meterse en la cama. Una parte sorprendente de los conflictos familiares ocurre en las costuras del día, cuando un niño tiene que dejar de hacer una cosa y empezar otra. Los padres solemos vivir estos momentos como desobediencia. Pero, más a menudo, lo que pasa es que le estamos pidiendo a su cerebro que cambie de vía más rápido de lo que puede. Las transiciones, sin embargo, se pueden diseñar, y pequeños cambios en cómo las anunciamos marcan una gran diferencia.

Por qué importa

Pasar de una actividad a otra depende de lo que los investigadores llaman funciones ejecutivas: el conjunto de habilidades mentales que nos permite tener un plan en la cabeza, parar lo que estamos haciendo y redirigir la atención. El Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard explica que estas habilidades se desarrollan despacio a lo largo de la infancia y hasta bien entrada la adolescencia y el comienzo de la edad adulta. Un niño de cuatro años absorto construyendo un castillo no está eligiendo ignorarte; la parte del cerebro que le permite soltar el castillo y pensar en la cena todavía está en obras. Un chico de trece años en plena partida online tiene el cerebro más desarrollado, pero se enfrenta a un juego diseñado para no ofrecer nunca un punto natural en el que parar.

Las transiciones también implican una pérdida. El niño renuncia a algo que le gusta por algo que normalmente es menos emocionante. Eso también les cuesta a los adultos; piensa cómo te sientes cuando te interrumpen en mitad de un buen libro. Los niños simplemente tienen menos herramientas para gestionar esa sensación.

Daniel Siegel y Tina Payne Bryson describen un principio que llaman "conectar y redirigir": primero acompañar al niño en lo emocional y después guiar su conducta. Aplicado a las transiciones, significa que es mucho más probable que colabore si te unes a su mundo un momento antes de pedirle que salga de él.

Pruébalo hoy

  1. Avisa, y luego avisa otra vez. "Diez minutos y nos vamos del parque." Y después: "Cinco minutos más, elige tus dos últimas veces en el tobogán". Una cuenta atrás le da tiempo al cerebro para prepararse. Con los más pequeños, un temporizador visual o un reloj de arena funciona mejor que unos números que todavía no entienden.
  2. Conecta antes de dirigir. Acércate, agáchate y muestra interés durante treinta segundos: "¡Hala, el castillo ya tiene foso!". Luego: "Ya casi es la hora del baño. ¿Quieres dejar el castillo montado para jugar con él mañana?".
  3. Tiende un puente hacia lo siguiente. Haz que la nueva actividad resulte apetecible, o dale algo que llevarse al otro lado: "¡Echamos una carrera hasta el coche!". "Puedes llevarte un juguete a la bañera." "Cuéntame el nivel que acabas de pasarte mientras remuevo la pasta."
  4. Usa el "cuando..., entonces...". "Cuando tengas los zapatos puestos, entonces vamos a comprar el pan." Le dice al niño cuál es el orden de las cosas sin convertirlo en una amenaza.
  5. Haz que el día sea previsible. Las rutinas reducen el número de transiciones que hay que negociar. Un sencillo cuadro con dibujos para un niño pequeño, o un horario de tarde acordado para uno mayor, hace que quien manda sea la rutina, no tú.
  6. Con las pantallas, pregunta por el punto de parada. Los juegos y los vídeos casi nunca tienen un final natural. "¿Cuándo te viene bien parar en los próximos diez minutos?" funciona mucho mejor que apagar en mitad de una batalla.

Cómo suena en la práctica

Álex, de trece años, está enfrascado en una partida online con sus amigos cuando su madre le llama desde la cocina: "¡Cenamos en diez minutos!". Hace dos semanas, este era el momento en que la tarde solía torcerse, con gritos desde la cocina y portazos desde arriba.

Esta vez su madre sube en lugar de llamarle. Se queda un momento detrás de él mirando. "¿Ese es el mapa nuevo?" "Sí, ya casi estamos en la zona final." "Parece intenso. La cena es en diez minutos. ¿Cuándo te viene bien parar?" Álex mira el reloj. "Después de esta ronda. Siete u ocho minutos, como mucho." "Trato hecho. Te aviso cuando esté en la mesa." Ocho minutos después, le llama una sola vez. Álex dice "Voy", se despide de sus amigos y baja.

No ha pasado nada mágico. Álex sigue prefiriendo jugar. Pero su madre mostró interés por lo que estaba haciendo, le dio voz real sobre cuándo parar y le dejó terminar sin quedar mal delante de sus amigos. Bajó sin pelear porque la transición estaba pensada para alguien cuya atención estaba de verdad atrapada en otra cosa.

Por edades

Cuando cuesta

"No tenemos tiempo para avisos." Los avisos llevan segundos. La rabieta o el pulso que te ahorras puede llevar media hora. Empieza la cuenta atrás antes de lo que crees necesario y, cuando puedas, deja unos minutos de margen por la mañana y por la tarde.

"Mi hijo ignora el aviso y explota igualmente." Algunos niños, sobre todo a los que les cuestan los cambios, necesitan un apoyo extra: un dibujo de la siguiente actividad, una tarea especial, más tiempo. Mantén la calma y sigue adelante con cariño. Si las transiciones siguen siendo muy difíciles en muchos contextos distintos, puede ser útil comentarlo con el pediatra.

"Mi adolescente dice 'cinco minutos más' y se convierte en una hora." Negocia una vez y luego mantén el acuerdo. "Dijimos después de esta ronda. Te espero aquí." Si los acuerdos se rompen a menudo, hablad de ello más tarde, con calma, y planificad juntos qué pasará la próxima vez.

Errores frecuentes

En una frase

Los niños colaboran en las transiciones cuando primero conectas, avisas con tiempo y les ayudas a cruzar el puente, en lugar de esperar que su cerebro se apague a la orden.

Fuentes

Este artículo es información general y no sustituye el consejo médico o psicológico. Si te preocupa tu hijo o hija, consulta con un profesional.