Son las seis y diez, el agua de la pasta está hirviendo y desde la habitación de al lado llega el sonido que conoce cualquier padre o madre de más de un hijo: un golpe, un chillido y luego dos voces a la vez. "¡Ha empezado ella!" "¡Me ha quitado el cargador!" Entras y al instante te nombran juez, jurado y carcelero. Decidas lo que decidas, alguien se va convencido de que ha sido injusto, y mañana el mismo caso vuelve al juzgado.
Por qué importa
Los conflictos entre hermanos no son señal de que algo vaya mal en tu familia. Los investigadores que observan a hermanos en casa comprueban que los hermanos pequeños chocan muchas veces por hora, y que esa misma pareja a menudo se defiende a muerte unos años después. La psicóloga Judy Dunn, que siguió a hermanos desde que eran muy pequeños, demostró que estas relaciones son uno de los primeros lugares donde los niños aprenden a leer los sentimientos de otra persona: un niño de dos años sabe perfectamente cómo chinchar a su hermano, y también cómo consolarlo.
Eso convierte las peleas entre hermanos en un campo de entrenamiento. Los niños practican a negociar, a defenderse y a hacer las paces con alguien de quien no pueden alejarse sin más. El problema es que, cuando un padre hace de árbitro, la lección cambia. Los niños aprenden que la forma de ganar es reclutar al adulto: llegar el primero, llorar más fuerte, contar la mejor historia. Hildy Ross y sus colegas en Canadá enseñaron a los padres otro papel: el de mediador. Los padres ayudaban a cada niño a decir lo que quería, a escuchar a la otra parte y a proponer soluciones. En esas familias, los niños negociaban de forma más constructiva y entendían mejor el punto de vista de su hermano que los niños cuyos padres gestionaban las disputas como siempre.
Las comparaciones echan leña al fuego. "¿Por qué no puedes ser tan ordenado como tu hermano?" convierte a los hermanos en rivales por una cantidad limitada de aprobación, y los niños son extremadamente sensibles a lo que perciben como un trato desigual. Pero hacer de entrenador no es lo mismo que desentenderse. Si alguien está saliendo herido, o uno de los niños tiene miedo del otro de forma habitual, intervienes de inmediato.
Pruébalo hoy
- Decide tu límite antes de la próxima pelea. Las discusiones menores puedes ignorarlas casi siempre, estando cerca. Cuando suben las voces, toca hacer de entrenador. Los golpes, la crueldad o una gran diferencia de tamaño significan que primero los separas y luego habláis. Explícales el plan a tus hijos: "Si nadie sale herido, voy a dejar que primero intentéis arreglarlo vosotros".
- Describe el problema, no al culpable. Olvídate del "¿Quién ha empezado?" y di lo que ves: "Veo a dos niños y un cargador, y los dos lo necesitáis".
- Dale la palabra a cada uno. Uno habla, el otro espera, y luego al revés. Devuélveles lo que has oído sin juzgarlo: "O sea, que tú lo enchufaste primero, y tú estás al cuatro por ciento y tienes una llamada a las ocho". Los niños se calman cuando se sienten comprendidos.
- Devuélveles el problema. "Esto es difícil. ¿Qué podríais hacer?" Al principio, acepta todas las ideas. Si se atascan, ofrece una sugerencia en forma de pregunta: "¿Y si usáis un temporizador?".
- Deja que elijan y luego comprueba cómo va. "Entonces el trato es veinte minutos cada uno, y el que empieza pone el temporizador, ¿no? Luego vuelvo a ver qué tal va."
- Jubila las comparaciones, incluso las halagadoras. "Mira qué bien come tu hermana" enseña a los dos niños que están en una competición. Habla con cada niño de su propia conducta, sin medirla con la del otro.
Cómo suena en la práctica
Elena cría sola a sus hijos, y esta vez la pelea es por la correa del perro. Pablo, de doce años, y Sofía, de ocho, quieren llevarla los dos en el paseo, y tiran de ella en el pasillo mientras el perro los mira desconcertado.
Elena coge la correa y la cuelga del gancho. "Dos personas, una correa y un perro que necesita salir. Eso es un problema de verdad." Sofía dice que Pablo siempre la lleva él. Pablo dice que Sofía la suelta cuando el perro tira. Elena repite lo que ha dicho cada uno: "Sofía, sientes que nunca te toca. Pablo, te preocupa que no la sujete bien". Luego pregunta: "¿Qué podría funcionar?". Sofía propone cambiarse en cada farola. Pablo pone los ojos en blanco y luego ofrece: "Que la lleve ella hasta el parque, que es tranquilo, y yo a la vuelta, cuando pasamos por la avenida". Sofía se lo piensa. "Trato hecho. Pero empiezo yo."
Elena no ha decidido nada. Ha puesto nombre al problema, se ha asegurado de que cada uno se sintiera escuchado y ha esperado. Se ha respetado la preocupación de Pablo por la seguridad, se ha atendido el sentido de la justicia de Sofía, y el plan era de los dos, que es justo por lo que lo cumplieron.
Por edades
- 0–2 años: Aquí el conflicto suele ser entre un bebé y un hermano mayor. Protege al bebé y hazle de intérprete: "Te tira del pelo porque quiere estar cerca de ti. Vamos a enseñarle a tocar con suavidad". Dale al mayor una tarea de verdad para que se sienta ayudante, no rival.
- 3–6 años: Necesitan que los guíes en cada paso. Hazlo breve, pon nombre a lo que siente cada uno y ofrece herramientas sencillas, como un reloj de arena para los turnos o "uno corta el bizcocho y el otro elige el primer trozo".
- 7–11 años: La justicia se convierte en una pasión. Una reunión familiar en la que los hermanos acuerden normas para las cosas compartidas, como la consola o el asiento de delante, evita muchas peleas repetidas.
- 12–16 años: Las disputas pasan a ser por la intimidad, la ropa prestada y los móviles. Da un paso más atrás, habla con cada adolescente por separado cuando haga falta y acordad lo básico, como llamar antes de entrar en una habitación. La crueldad o la intimidación persistentes no son rivalidad normal y exigen que actúes.
Cuando cuesta
"Pero es que uno de ellos empezó de verdad." A veces es cierto. Aun así, puedes hablar después en privado con el que pegó o arrebató algo. La cuestión es que en la mayoría de las peleas no has visto el principio, y un veredicto basado en suposiciones deja a uno de los niños sintiéndose traicionado.
"No se van a poner de acuerdo en nada." Los primeros intentos son torpes, y no pasa nada; estás enseñando un proceso, no esperando un tratado de paz. Si al cabo de un tiempo razonable no hay acuerdo, el objeto se toma un descanso: "El cargador se queda conmigo hasta que tengáis un plan que aceptéis los dos". Las negociaciones suelen acelerarse de forma asombrosa.
"El pequeño siempre es la víctima." Observa con atención durante unos días. Los pequeños pueden ser provocadores muy hábiles que saben que las lágrimas traen rescate, mientras que los mayores a menudo se sienten culpables por defecto. Los dos necesitan verte como alguien justo, y a los dos les viene bien pasar tiempo a solas contigo con regularidad.
Errores frecuentes
- Obligar a pedir perdón al instante. Un "perdón" murmurado bajo presión enseña a los niños a decir la palabra, no a sentirla. Pregunta en su lugar: "¿Qué podrías hacer para que tu hermano se sienta mejor?".
- Repartirlo todo exactamente a partes iguales. Los niños no necesitan un trato idéntico; necesitan sentir que cada uno recibe lo que necesita. "Cada uno va a tener lo que necesita, y eso no siempre será igual."
- Convertirte en mensajero. Llevar quejas de un lado a otro ("Tu hermana dice que...") te mantiene en el centro. Ponlos cara a cara y deja que hablen entre ellos.
Si uno de tus hijos sale herido a menudo o tiene miedo de su hermano, habla con el pediatra o con un terapeuta familiar para buscar apoyo.
En una frase
Cuando haces de entrenador en lugar de juez, las peleas entre hermanos dejan de ser concursos por tu veredicto y se convierten en práctica para todas las relaciones que tus hijos tendrán en la vida.
Fuentes
- Faber, A., y Mazlish, E., "Siblings Without Rivalry" (libro, 1987)
- Smith, J., y Ross, H., "Training Parents to Mediate Sibling Disputes Affects Children's Negotiation and Conflict Understanding" (Child Development, 2007)
- Dunn, J., y Kendrick, C., "Siblings: Love, Envy and Understanding" (libro, 1982)