Tu hijo pequeño llora a gritos porque el plátano se ha partido por la mitad. Tu hijo de diez años da un portazo al bajar del coche y no dice nada en todo el camino a casa. Tu hija de quince murmura que en el instituto todo el mundo es falso. En cada caso el reflejo es el mismo: que pare. "Sigue siendo un plátano". "Anímate, no será para tanto". "Estás exagerando". Lo decimos con cariño, y casi nunca funciona. Lo que suele funcionar mejor es más lento y mucho más sencillo: decir en voz alta lo que parece estar sintiendo tu hijo.
Por qué importa
El psiquiatra Daniel Siegel y la educadora Tina Payne Bryson popularizaron la expresión "ponle nombre para calmarlo". La idea es que, cuando una emoción intensa toma el control, las partes del cerebro que dan la alarma llevan la batuta, mientras que las que planifican, razonan y calman quedan temporalmente desconectadas. Poner el sentimiento en palabras parece volver a meter esas partes pensantes en la conversación. Estudios de neuroimagen en adultos de Matthew Lieberman y sus colegas encontraron que simplemente nombrar la emoción de una imagen perturbadora reducía la actividad de la amígdala, uno de los centros de alarma del cerebro, en comparación con solo mirarla.
Los niños todavía no saben hacer esto solos, así que toman prestadas nuestras palabras. El psicólogo John Gottman estudió familias durante años y describió un estilo al que llamó entrenamiento emocional: los padres se fijan en los sentimientos del niño, los tratan como una oportunidad para conectar, le ayudan a nombrarlos y después ponen límites o resuelven problemas juntos. Los hijos de estos padres tendían a calmarse antes, a concentrarse mejor y a llevarse mejor con otros niños.
Nombrar un sentimiento no es lo mismo que darle la razón, ni es ceder. "Estás enfadado porque se ha acabado el rato de pantalla" sigue terminando con la pantalla apagada. Lo que cambia es que tu hijo se siente comprendido en lugar de rebatido, y un niño que se siente comprendido tiene muchos menos motivos para pelear.
Pruébalo hoy
- Para antes de arreglar. Cuando tu hijo esté disgustado, respira una vez antes de ofrecer una solución, un lado positivo o un sermón. El arreglo puede venir después; suele llegar mejor cuando lo hace.
- Nombra el sentimiento con suavidad. Ofrece una suposición en lugar de un veredicto: "Pareces muy desilusionado" o "Me pregunto si te sentiste excluido". Un tono tentativo le permite corregirte, lo cual es igual de útil que acertar.
- Relaciónalo con el motivo. Los niños se calman antes cuando el sentimiento tiene sentido: "Estás furioso porque la torre se ha caído justo cuando estaba casi terminada". Así les dices que lo que sienten tiene una causa y no es algo arbitrario ni vergonzoso.
- Después, calla. Resiste la tentación de añadir un "pero" y una lección. Deja que unos segundos de silencio hagan su trabajo. A menudo el niño suspira, se acerca o añade la parte que tú no sabías.
- Pasad juntos a lo siguiente. Cuando haya bajado la temperatura, ofrece una salida: "¿Quieres un abrazo o prefieres volver a construirla?". Con niños mayores: "¿Quieres ideas o solo necesitabas soltarlo?".
- Nombra también tus propios sentimientos. En los momentos normales, cuéntate en voz alta: "Estoy frustrado, este atasco es horrible. Voy a respirar despacio". Los niños aprenden las palabras, y que los mayores también tienen sentimientos y saben gestionarlos, al oírlo cada día.
Cómo suena en la práctica
Marcos, de diez años, se sube al coche a la salida del cole y se queda mirando por la ventanilla. Su madre, Pilar, le pregunta qué tal el día. "Bien". En un semáforo en rojo se fija en que aprieta con fuerza el asa de la mochila. Más tarde, en casa, sale todo: casi toda su clase va al cumpleaños de Diego el sábado, y a él no le han invitado.
Lo primero que piensa Pilar es decirle que total, Diego tampoco es tan buen amigo. En lugar de eso, se sienta en el borde del sofá. "Ay, Marcos. Eso tiene que haberte dolido mucho. Enterarte de que van todos menos tú". Él se encoge de hombros. "Me da igual". Ella espera. "Sería normal que no te diera igual". Una larga pausa, y luego: "Leo me preguntó si iba. Delante de todos". "O sea, que además de sentirte excluido, te dio vergüenza". Él asiente, y por primera vez desde la salida del cole se le relajan los hombros.
Solo después hablan del sábado, y es Marcos quien propone invitar al hermano de Leo al skatepark. Pilar nunca le dijo cómo sentirse ni qué hacer. Al poner nombre al dolor y a la vergüenza, los hizo lo bastante pequeños como para que él pudiera pensar más allá.
Por edades
- 0–2 años: Nombra los sentimientos de forma sencilla, en el momento: "Estás triste, papá se ha ido a trabajar". "¡Qué ruido! Te has asustado". Tu tono hace casi todo el trabajo; las palabras construyen una base para más adelante.
- 3–6 años: Usa juntos el motivo y el sentimiento, y hazlo breve. Los cuentos ilustrados son un buen ensayo: para en una cara y pregunta "¿Cómo crees que se siente?".
- 7–11 años: Ofrece palabras más precisas: desilusionado, celoso, avergonzado, nervioso, excluido. A esta edad suelen sentir varias cosas a la vez, así que ayuda decirlo: "Ilusionado y un poco asustado, las dos cosas a la vez".
- 12–16 años: Hazlo breve y sin darle importancia, y no sigas la etiqueta con un consejo. Un "Parece que ha sido un día duro" dicho mientras conduces o cocinas suele conseguir más que una pregunta directa cara a cara en la mesa.
Cuando cuesta
"¿Nombrarlo no hará que el sentimiento crezca?". A muchos padres les preocupa que decir "estás asustado" siembre el miedo o lo agrande. En la práctica el sentimiento ya está ahí; nombrarlo suele bajar la intensidad, porque tu hijo ya no tiene que gritar más para que le entiendan. Si al principio las cosas van a más, mantén la voz tranquila y sigue. A menudo es el último empujón antes de que pase la ola.
"¿Y si me equivoco de sentimiento?". Te pasará, a menudo, y no pasa nada. "Pareces enfadado" seguido de "No estoy enfadado, estoy triste" es un éxito: tu hijo acaba de nombrar su propia emoción. Adivinar en voz alta demuestra que intentas entenderle, y ese esfuerzo es lo que él siente.
"Mi adolescente me dice: 'Deja de psicoanalizarme'". Los adolescentes detectan enseguida una técnica. Olvida las frases de manual y usa tu voz de siempre: "Uf, qué rollo" o simplemente "Qué palo". Una frase, y luego silencio o algo de picar. Puede que no responda ahora y aun así saque el tema a las once de la noche.
Errores frecuentes
- Nombrarlo y luego anularlo. "Estás triste, pero no hace falta llorar" deshace la primera mitad. Deja que la etiqueta se sostenga sola antes de seguir.
- Usar la etiqueta como veredicto. "Lo que pasa es que estás celoso" o "Te estás poniendo dramático" es un juicio disfrazado de palabra emocional, y los niños notan la diferencia al instante.
- Nombrar solo los sentimientos difíciles. El orgullo, el alivio, la ilusión y la satisfacción también necesitan palabras: "Se te ve muy orgulloso de eso". Un vocabulario completo hace que las palabras difíciles sean más fáciles de oír.
En una frase
Cuando pones con calma en palabras lo que siente tu hijo, le prestas la parte del cerebro que todavía no encuentra por sí solo, y la tormenta suele empezar a amainar.
Fuentes
- Siegel, D. J., y Bryson, T. P., "The Whole-Brain Child" (libro, 2011)
- Lieberman, M. D., et al., "Putting Feelings Into Words: Affect Labeling Disrupts Amygdala Activity in Response to Affective Stimuli" (Psychological Science, 2007)
- Gottman, J., "Raising an Emotionally Intelligent Child" (libro, 1997)