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Día 9 de 30 · Semana 2 · Emociones

Todas las emociones valen, no todos los comportamientos

7 min de lectura

Tu hijo de cinco años empuja a su hermana pequeña y la tira del patinete. Tu hija de once te llama "la peor madre del mundo" porque le has dicho que no a una fiesta de pijamas. Tu hijo de catorce da un portazo tan fuerte que tiemblan los cuadros. En pleno momento puede parecer que solo tienes dos opciones: cargar contra la emoción ("Ni se te ocurra ponerte así") o dejar pasar el comportamiento porque la emoción es enorme. Hay una tercera opción, y es una de las ideas más útiles de la crianza: todas las emociones están permitidas, pero no todos los actos.

Por qué importa

El psicólogo infantil Haim Ginott puso este principio en el centro de su libro de 1965 "Between Parent and Child", y marcó el trabajo posterior de Adele Faber y Elaine Mazlish. La lógica es sencilla. Las emociones no se eligen. La rabia, los celos, la decepción y el miedo llegan solos, a niños y adultos por igual. El comportamiento, en cambio, es algo que un niño puede aprender poco a poco a controlar. Cuando tratamos emociones y actos como si fueran lo mismo, los niños aprenden o que su mundo interior es peligroso o que las emociones fuertes lo justifican todo.

La investigación sobre el entrenamiento emocional respalda este camino intermedio. Programas como Tuning in to Kids, desarrollado por Sophie Havighurst y sus colegas en Australia, enseñan a los padres a aceptar y nombrar la emoción del niño sin dejar de poner límites claros al comportamiento. En los ensayos, los padres que aprendieron este enfoque pasaron a restar menos importancia a los sentimientos de sus hijos, y sus hijos mostraron menos problemas de conducta. La Academia Estadounidense de Pediatría dice algo parecido en sus recomendaciones sobre disciplina: los niños aprenden mejor el autocontrol con límites tranquilos y constantes y relaciones cálidas, no con castigos duros ni vergüenza.

Un niño al que le dicen "no deberías sentirte así" lo sigue sintiendo, y ahora tiene que esconderlo o demostrarlo más alto. Un niño que oye "Entiendo que estés furioso" tiene un motivo menos por el que pelear.

Pruébalo hoy

  1. Parte tu frase en dos. Acepta la emoción y luego limita el acto: "Estás muy enfadado con tu hermana. No voy a dejar que le pegues". Di las dos mitades con el mismo tono tranquilo.
  2. Usa "y", no "pero". "Estás desilusionado, y la respuesta sigue siendo no" deja intacta la emoción. El "pero" borra sin hacer ruido la primera mitad y convierte la aceptación en una trampa.
  3. Mantén el límite con el cuerpo, no con el volumen. Ponte entre los niños, sujeta con suavidad una mano levantada, coge el patinete y déjalo en la estantería. Menos palabras, más acción tranquila.
  4. Ofrece una salida segura para la emoción. "Puedes dar pisotones, apretar este cojín o decirme con tu voz más fuerte lo enfadado que estás". Los niños mayores quizá prefieran salir a correr, poner música alta en su cuarto o escribirlo.
  5. Enseña después, no durante. La lección cala cuando todos están tranquilos: "Cuando te vuelva a coger el patinete, ¿qué podrías hacer en vez de empujarla?". Planeadlo juntos, incluida una reparación, como comprobar que ella está bien.
  6. Muéstralo en tu propia vida. "Me ha fastidiado ese correo. Voy a dar una vuelta a la manzana antes de contestar". Tu hijo aprende que los mayores también sienten cosas con fuerza y aun así eligen qué hacer a continuación.

Cómo suena en la práctica

Raúl está haciendo macarrones cuando oye un golpe y un llanto. En el pasillo, Alba, de tres años, está en el suelo y Hugo, de cinco, agarra el patinete con la cara roja. "¡Me lo ha quitado! ¡Es mío!".

Raúl se agacha entre los dos y pone una mano firme sobre el patinete. "Estás muy enfadado. Te lo ha cogido sin preguntar, y eso te ha parecido muy injusto". Hugo asiente con fuerza. "Pero no voy a dejar que la empujes. Empujar hace daño". Hugo grita: "¡La odio!". Raúl mantiene la voz serena. "Ahora mismo estás muy enfadado con ella. Puedes estar enfadado. Puedes dar pisotones, o apretarme la mano todo lo fuerte que quieras". Hugo le aprieta la mano, luego da dos pisotones y después se echa a llorar. Raúl coge a Alba con el otro brazo y se sientan los tres en la escalera.

Diez minutos después, durante la cena, hablan de ello. Hugo propone usar un temporizador para los turnos del patinete, y le ofrece a Alba el primero. Raúl nunca le dijo a Hugo que no se enfadara, ni fingió que el empujón estaba bien. Como la rabia era bienvenida, Hugo no tuvo que defenderla y pudo poner su energía en arreglar las cosas.

Por edades

Cuando cuesta

"¿Esto no es dejar que se salga con la suya?". No. El comportamiento se frena igual, cada vez. Lo que dejas de hacer es añadir un castigo extra por sentir la emoción. Los niños a los que se avergüenza por enfadarse suelen volverse más explosivos, porque la emoción no tiene adónde ir.

"Mi hijo me dice 'Te odio'". Duele, y normalmente es la rabia hablando con las palabras más grandes que un niño encuentra. Puedes escuchar la emoción sin aceptar el insulto: "Estás muy enfadado conmigo. Sigo aquí, y te sigo queriendo". Cuando todo esté tranquilo, podéis hablar de maneras más amables de decir "estoy furioso".

"Hay emociones que parece mal permitir, como odiar al bebé nuevo". Los celos de un hermano son de lo más normal en la vida familiar. Dejar que tu hijo te diga a ti, con seguridad, "Ojalá se volviera por donde ha venido", mientras proteges al bebé por completo, hace mucho menos probable que la emoción se escape en forma de pellizcos a escondidas.

Errores frecuentes

En una frase

Acoge cada emoción de tu hijo y limita con calma lo que hace con ella, y aprenderá que las emociones son seguras y que sus actos los elige él.

Fuentes

Este artículo es información general y no sustituye el consejo médico o psicológico. Si te preocupa tu hijo o hija, consulta con un profesional.