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Día 10 de 30 · Semana 2 · Emociones

Tu calma es contagiosa

7 min de lectura

Son las siete y diez, nadie encuentra el otro zapato, el bebé llora y tu hijo de ocho años anuncia que no piensa ir al colegio. Notas cómo tu propia voz se vuelve más cortante y más rápida, y en un minuto toda la casa está gritando. La mayoría de los padres conoce bien esta espiral. Lo que no es tan evidente es que también funciona al revés. Cuando una persona de la habitación se serena, los demás tienden a seguirla, y muy a menudo esa persona tienes que ser tú.

Por qué importa

La autorregulación, la capacidad de gestionar las emociones, la atención y los impulsos, no viene de serie. Se desarrolla despacio a lo largo de dos décadas, y crece primero a través de las relaciones. Los investigadores lo llaman corregulación: un adulto tranquilo y receptivo ayuda a que el cuerpo y la mente estresados de un niño se asienten, una y otra vez, hasta que el niño aprende poco a poco a hacerlo por sí mismo. Un informe práctico de Katie Rosanbalm y Desiree Murray para la Administración para Niños y Familias de Estados Unidos describe la corregulación como algo que los niños necesitan a todas las edades, desde la primera infancia hasta el inicio de la edad adulta, aunque la forma cambie a medida que crecen: mecer y calmar a los bebés, acompañar y dar estructura a los niños en edad escolar, y ser un interlocutor sereno para los adolescentes.

El estrés pasa de una persona a otra de forma sorprendentemente directa. En un estudio, la psicóloga Wendy Berry Mendes y sus colegas sometieron a unas madres a una tarea estresante y luego las volvieron a juntar con sus bebés. Los cuerpos de los bebés empezaron a mostrar respuestas de estrés que seguían las de sus madres, aunque ellos no hubieran participado en la tarea. Los niños mayores están igual de sintonizados; leen nuestro tono, nuestra velocidad y nuestra cara mucho antes de procesar nuestras palabras.

Por eso un "¡cálmate!" gritado de un extremo a otro de la habitación casi nunca funciona. Un niño desbordado no encuentra la calma porque se lo ordenen. Sí puede encontrarla al lado de alguien que ya tiene un poco para prestarle. Las relaciones de apoyo con adultos son, como explica el Centro para el Niño en Desarrollo de la Universidad de Harvard, la forma en que los niños desarrollan las habilidades que hay detrás del autocontrol.

Pruébalo hoy

  1. Regúlate tú primero. Antes de hablar, suelta el aire despacio, durante más tiempo del que tardas en tomarlo. Baja los hombros y afloja la mandíbula. Puedes decirlo en voz alta: "Espera, primero voy a respirar".
  2. Ralentízalo todo. Baja la voz, suaviza la cara, muévete más despacio. Si puedes, ponte físicamente más bajo que tu hijo, sentándote o de rodillas. Un cuerpo tranquilo transmite seguridad más rápido que las palabras tranquilizadoras.
  3. Habla menos. En plena tormenta, las explicaciones largas suenan a ruido. Funcionan mejor frases cortas y serenas: "Estoy aquí. Estás a salvo. Lo vamos a arreglar".
  4. Préstale tu ritmo. Los bebés se calman con el balanceo, el vaivén y una mano en la espalda. Los niños pequeños suelen tranquilizarse si respiras despacio a su lado. Los mayores y los adolescentes quizá prefieran un paseo, una vuelta en coche o sentarse a tu lado mientras los dos hacéis algo normal y corriente.
  5. Conoce tus propias señales de alarma. Fíjate en lo que te pasa justo antes de explotar: la cara ardiendo, el pecho apretado, una frase concreta que siempre dices. Elige un pequeño reinicio para ese momento, como beber un vaso de agua en el fregadero, o pasarle el relevo a otro adulto si hay alguno cerca.
  6. Recarga después. Corregular a un niño angustiado agota. Cuando todo esté tranquilo, haz algo pequeño por tu propio sistema nervioso: un té o un café sentado, unos minutos al aire libre, un mensaje a una amiga.

Cómo suena en la práctica

Luis es padre solo, y son casi las diez de la noche cuando su hija Paula, de catorce años, entra en tromba en la cocina. Una amiga ha publicado algo en el grupo de clase, mañana tiene que entregar el trabajo de historia y está temblando. "¡Mi vida está arruinada y a ti te da igual!".

Luis siente las ganas de siempre de decir "No es más que un grupo de WhatsApp" y mandarla a la cama. En lugar de eso, deja el trapo, suelta el aire despacio y le saca una silla. Él también se sienta, y habla más bajo que ella. "Vaya noche más horrible. El trabajo y lo del grupo, todo a la vez". Ella sigue hablando deprisa. Él no discute ni aconseja; solo asiente, mantiene la respiración lenta y le acerca un vaso de agua. Al cabo de unos minutos, la voz de ella baja hasta igualar la suya.

"¿Quieres que te ayude a organizar el trabajo o prefieres dejar lo del grupo para mañana?", le pregunta. Ella elige el trabajo. Esa noche no se resolvió nada del grupo. Pero Paula se fue a la cama más tranquila de lo que llegó, porque su padre se mantuvo sereno el tiempo suficiente para que ella hiciera pie.

Por edades

Cuando cuesta

"No puedo estar tranquilo cuando me está gritando". No hace falta que te sientas tranquilo; hace falta que estés un poco más tranquilo que tu hijo, y que actúes como tal. Respirar despacio, bajar la voz y sentarte también le mandan señales de calma a tu propio cuerpo. Algunos días basta con una versión de ti un poco menos estresada.

"Ya he perdido los nervios. ¿Es demasiado tarde?". No. Para, respira y vuelve a empezar desde donde estás: "Me he puesto a gritar. Voy a intentarlo otra vez, con más calma". Recuperar la calma después de perderla le enseña a tu hijo algo tan valioso como no perderla nunca.

"Mi adolescente dice que mi voz calmada le pone de los nervios". Los adolescentes son alérgicos a todo lo que suena a guion. Usa tu voz normal, solo que más lenta y más suave, y haz algo cotidiano a su lado en lugar de ponerte frente a él como un orientador. Si notas que casi nunca consigues sentirte tranquilo, sea como sea el día, merece la pena tomárselo en serio, y hablar con tu médico o con un psicólogo sobre tu propio estrés es un buen paso.

Errores frecuentes

En una frase

Los niños aprenden a calmarse tomando prestada tu calma muchísimas veces, así que lo más poderoso que puedes hacer en plena tormenta es serenarte tú primero.

Fuentes

Este artículo es información general y no sustituye el consejo médico o psicológico. Si te preocupa tu hijo o hija, consulta con un profesional.