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Día 11 de 30 · Semana 2 · Emociones

Cómo acompañar una rabieta hasta que pase

7 min de lectura

Puede empezar casi por nada: el vaso del color equivocado, una pantalla que se apaga, unos "cinco minutos más" que se han acabado. De repente tu hijo está en el suelo, gritando, pataleando o tirando lo que tenga a mano. O es tu hija de doce años, llorando y gritando por unos deberes que hace diez minutos iban bien. En esos momentos la mayoría de los padres repasa a toda velocidad todo su repertorio, explicar, negociar, amenazar, y descubre que nada funciona. No es que tu repertorio falle. Es una señal de que, por ahora, hace falta otro tipo de ayuda.

Por qué importa

Una rabieta es lo que ocurre cuando las emociones de un niño se desbordan más rápido de lo que su cerebro puede gestionarlas. Las partes del cerebro que dan la alarma toman el control, y las que razonan, planifican y frenan los impulsos dejan de estar disponibles durante un rato. Por eso la lógica rebota: en ese momento tu hijo de verdad no puede procesar tu explicación sensata.

Los investigadores Michael Potegal y Richard Davidson estudiaron cientos de rabietas en niños pequeños y vieron que la mayoría terminan en pocos minutos. También vieron que la rabia y la angustia siguen caminos distintos: los gritos y las patadas suelen alcanzar su punto máximo pronto y luego se apagan, mientras que las conductas más tristes, como gimotear o buscar consuelo, aumentan hacia el final. Así que la primera fase consiste sobre todo en esperar con seguridad, y la segunda es tu señal para ofrecer consuelo.

El psicólogo Ross Greene resume una idea que vale para todas las edades: los niños lo hacen bien si pueden. Las rabietas frecuentes suelen apuntar a una habilidad que aún se está desarrollando, como tolerar la frustración, pasar de una actividad a otra o poner los sentimientos en palabras, más que a un niño que quiere dar guerra. Las rabietas son una parte normal del desarrollo en los niños pequeños y en edad preescolar, como señalan servicios de salud como el NHS británico. Los niños mayores y los adolescentes también las tienen, aunque pueden parecerse más a gritos, llanto o portazos.

Pruébalo hoy

  1. Pon todo a salvo y deja de hablar. Aparta lo que se pueda romper o sea peligroso, lleva a un niño pequeño a un rincón más tranquilo si puedes y asegúrate de que los hermanos no estén en medio. Después reduce tus palabras casi a nada.
  2. Quédate cerca y sereno. Siéntate cerca, a una distancia que tu hijo pueda tolerar. Repite una frase corta en voz baja: "Estoy aquí. No me voy a ninguna parte". A algunos niños les ayuda una mano en la espalda; otros necesitan que estés a un paso.
  3. Mantén el límite sin batallar. Si la rabieta empezó por un "no", la respuesta sigue siendo no, con calma. No hace falta volver a explicarlo ni ganar la discusión: "Lo sé, tenías muchas ganas. Sigue siendo que no".
  4. Ofrece consuelo cuando la tormenta amaine. Cuando los gritos se conviertan en llanto o tu hijo te busque, abre los brazos o acércate: "¿Quieres un abrazo?". Es el momento en que la conexión funciona mejor.
  5. Reconecta antes de reflexionar. Primero un vaso de agua, algo de comer, un abrazo tranquilo o un paseo. La conversación sobre lo que ha pasado puede esperar a más tarde ese mismo día, cuando todos estén tranquilos.
  6. Busca el patrón. Durante una semana, apunta cuándo ocurren las rabietas. Muchas se concentran en torno al hambre, el cansancio, los cambios de actividad o la sobrecarga. Cuando veas el patrón, a menudo podrás evitar la siguiente con algo de comer, acostándole antes o avisando antes de irse.

Cómo suena en la práctica

El abuelo Paco ha llevado a Carla, de cuatro años, al parque después de la escuela infantil. Cuando le dice que es hora de volver a casa, ella se tumba en el camino junto a los columpios y se pone a gritar. Otra abuela los mira de reojo.

El primer instinto de Paco es contar hasta tres y amenazar con quedarse sin postre. En lugar de eso, se agacha a poca distancia de ella, entre Carla y el camino, para que las bicis puedan pasar sin peligro. Dice una sola cosa, en voz baja: "No querías irte para nada. Estoy aquí". Ella golpea el suelo con las botas y grita: "¡Vete!". Él se queda donde está, en silencio, mirando los árboles en lugar de mirarla a ella. Tras lo que parecen unos larguísimos dos minutos, los gritos se convierten en sollozos y ella gatea hacia él.

Él la coge en brazos. "Eso ha sido un sentimiento muy grande. Te gustan muchísimo los columpios". Ella llora un rato contra su abrigo y luego le pide una galleta. De vuelta a casa, de la mano, le dice: "Estaba enfadada". "Lo estabas", dice él. "Mañana, cuando te avise, hacemos un columpio más antes de irnos". Paco no cedió, no levantó la voz y no intentó razonar con ella mientras estaba desbordada. Simplemente esperó a que pasara la ola y estuvo ahí cuando rompió.

Por edades

Cuando cuesta

"Todo el mundo me está mirando". Las rabietas en público son especialmente estresantes porque, además de agotada, te sientes juzgada, y sin embargo la mayoría de quienes miran han pasado por lo mismo. Céntrate en tu hijo, no en el público: vete a un sitio un poco más tranquilo si puedes y mantente tan sereno como lo harías en casa. Un padre o una madre en calma es la mejor respuesta a cualquier mirada.

"¿No debería simplemente ignorarlo?". Ignorar los lloriqueos que buscan conseguir algo puede funcionar. Pero un niño realmente desbordado necesita a un adulto tranquilo cerca, no a uno que ha desaparecido. Puedes negarte a entrar en la exigencia sin dejar de estar presente para tu hijo.

"¿Esto es normal?". En niños pequeños y en edad preescolar, las rabietas frecuentes suelen formar parte del desarrollo normal. Conviene hablar con su pediatra o con el médico de familia si las rabietas son muy frecuentes o largas, si a menudo se hace daño o se lo hace a otros, si van a peor en lugar de a mejor después de los cinco años, o si vienen acompañadas de otras preocupaciones sobre el sueño, la alimentación, el estado de ánimo o el desarrollo.

Errores frecuentes

En una frase

Durante una rabieta tu tarea no es arreglar el sentimiento, sino mantener a todos a salvo y seguir sereno, para después reconectar y hablar cuando haya pasado la ola.

Fuentes

Este artículo es información general y no sustituye el consejo médico o psicológico. Si te preocupa tu hijo o hija, consulta con un profesional.