Tu hijo está furioso o llorando, y le dices: "Respira hondo". Te fulmina con la mirada, traga una bocanada de aire y sigue gritando. No es que respirar no funcione. Es que nadie puede aprender una habilidad nueva en plena inundación. Las herramientas para calmarse son como nadar: se enseñan en la parte donde se hace pie, un día tranquilo, mucho antes de que nadie se vea sin fondo.
Por qué importa
La autorregulación se desarrolla por etapas. Al principio, los niños dependen casi por completo de los adultos para calmarse. Poco a poco, con mucha práctica y apoyo, empiezan a reconocer sus propias señales de alarma y a usar sus propias estrategias. Las herramientas para calmarse hacen de puente entre ambas cosas: acciones sencillas que el niño aprende contigo y que poco a poco va haciendo suyas. El Centro para el Niño en Desarrollo de la Universidad de Harvard describe estas habilidades de autocontrol como músculos que crecen con la práctica repetida a través del juego y las rutinas diarias, no como algo que los niños tienen o no tienen.
Muchas de las herramientas más útiles funcionan a través del cuerpo. La respiración lenta, sobre todo cuando se suelta el aire durante más tiempo del que se tarda en tomarlo, es muy recomendada frente al estrés por servicios de salud como el NHS británico, porque ayuda a sacar al cuerpo del modo alarma. El movimiento, la presión y el cambio de sitio pueden tener un efecto parecido. Los investigadores Philip David Zelazo y Kristen Lyons han defendido que las prácticas sencillas y adaptadas a la edad que ayudan a los niños a fijarse en su cuerpo y su atención pueden favorecer el desarrollo de la autorregulación, y que funcionan mejor cuando son lúdicas y forman parte de la vida diaria.
La idea clave es el momento. Una herramienta practicada en calma queda guardada donde tu hijo puede alcanzarla después; una herramienta presentada en plena rabieta es solo otra orden más a la que resistirse. Y una herramienta que tu hijo ha ayudado a elegir tiene muchas más probabilidades de usarse.
Pruébalo hoy
- Practica en calma, no en la tormenta. Elige un momento relajado, como la hora de dormir, el baño o el camino al cole, y probad una herramienta juntos durante un minuto o dos. Que sea un juego: "¿Quién sopla la vela más despacio?".
- Elige una respiración que encaje con su edad. Para los pequeños: "Huele la flor, sopla la vela". Para los niños en edad escolar: recorrer con un dedo cada dedo de la otra mano, subiendo al tomar aire y bajando al soltarlo. Para los adolescentes: tomar aire contando hasta cuatro y soltarlo contando hasta seis.
- Añade una opción de movimiento. Algunos niños se calman con el cuerpo, no con la respiración. Ofrécele unas cuantas: empujar fuerte contra una pared, diez saltos de tijera, apretar mucho los puños y luego soltarlos, o echarse agua fría en la cara.
- Cread juntos un rincón de la calma. Un cojín, una manta, un peluche, unos cuantos libros, unos auriculares. Deja que tu hijo ayude a montarlo y a ponerle nombre. Deja claro qué es: "Es un sitio al que puedes elegir ir, no un sitio al que yo te mando".
- Preparad un pequeño menú. Acordad tres o cuatro herramientas que le funcionen a tu hijo y escribidlas o dibujadlas en una tarjeta para la nevera, o en una nota en el móvil de un adolescente. Cuando las emociones se disparan, elegir de una lista corta es mucho más fácil que inventarse un plan.
- En el momento, ofrece y acompaña. En lugar de "Cálmate", prueba con "¿Quieres tus respiraciones de la vela o tu rincón?", y respira tú también, justo a su lado. Tu cuerpo tranquilo sigue siendo la herramienta más poderosa de la caja.
Cómo suena en la práctica
Todas las noches durante una semana, Nuria y su hijo Adrián, de ocho años, hacen la "respiración de la mano" antes de apagar la luz. Él recorre cada dedo hacia arriba tomando aire y hacia abajo soltándolo, y compiten a ver a quién le dura más la mano. A Adrián le parece un juego tonto. También dibuja una tarjeta para la nevera con tres dibujos: una mano, una pared y su puf.
El jueves, los deberes de fracciones van fatal. Adrián arruga la hoja y grita que es tonto, que la profe es tonta y que no piensa volver a hacer mates nunca más. El instinto de Nuria es explicarle la fracción una vez más. En lugar de eso, mira la nevera. "¿Mano, pared o puf?". Él la fulmina con la mirada y luego se va dando pisotones hasta el puf. Ella se sienta en el suelo a su lado y empieza a recorrer sus propios dedos, despacio, sin decir palabra. A los pocos segundos, él se une.
Cinco minutos después sigue de mal humor, pero ha vuelto a la mesa y le pide que le explique solo la primera pregunta. Las fracciones seguían siendo difíciles. Pero Adrián tenía algo que hacer con su frustración que no fuera explotar, y como lo había practicado en noches tranquilas, pudo encontrarlo cuando lo necesitó.
Por edades
- 0–2 años: Los bebés y los niños pequeños aún no pueden usar herramientas solos, pero pueden empezar a aprenderlas a través de ti. Mécelo, cántale y respira despacio con él. Nombra lo que haces: "Respiración grande y lenta. Aaah".
- 3–6 años: Que las herramientas sean lúdicas y físicas: soplar pompas o una pluma, "hacer de tortuga" encogido dentro del caparazón, apretar una pelota blandita. Practicadlas primero en juegos y cuentos.
- 7–11 años: Los niños pueden empezar a notar las señales de alarma en su cuerpo, como la cara ardiendo, los puños apretados o el corazón acelerado. Ayúdale a relacionar cada señal con una herramienta y deja que elija y dibuje su propio menú.
- 12–16 años: Cuéntale qué te funciona a ti como adulto. Los adolescentes quizá prefieran la música, salir a correr, una ducha, dibujar o escribir a un amigo. Respeta sus elecciones y sugiérele un patrón de respiración que pueda usar en cualquier sitio, incluso en un examen.
Cuando cuesta
"Mi hijo se niega a respirar cuando está alterado". Es normal, sobre todo al principio. En el pico de la tormenta, tu presencia tranquila importa más que cualquier técnica. Ofrécele la herramienta una vez, hazla tú y déjalo ahí. A menudo es después del pico cuando los niños echan mano de ella.
"¿El rincón de la calma no es un tiempo fuera con cojines?". La diferencia está en la elección y la conexión. El tiempo fuera aparta al niño como consecuencia. El rincón de la calma es un sitio que tu hijo elige usar, a menudo contigo cerca, para sentirse mejor, no para ser castigado.
"A mi adolescente esto le parece infantil". Olvida los nombres monos y trátalo como una habilidad para la vida. Cuéntale con sinceridad qué haces tú cuando estás estresado y pregúntale qué le ayuda a él. Si tu hijo parece ansioso, enfadado o decaído casi todo el tiempo y las herramientas para calmarse apenas hacen efecto, habla con tu médico o con el orientador del centro.
Errores frecuentes
- Presentar herramientas en plena rabieta. Una técnica nueva en mitad de la inundación se vive como una exigencia más. Enséñalas y ensayadlas en días tranquilos.
- Usar la herramienta como una orden. "¡Vete a hacer tus respiraciones!", gritado desde la otra punta de la habitación, convierte una habilidad para afrontar las cosas en un castigo. Ofrécela y únete.
- Demasiadas opciones. Quince ideas abruman cuando las emociones están a flor de piel; con tres o cuatro conocidas basta.
En una frase
Las herramientas para calmarse funcionan cuando tu hijo las ha practicado en días tranquilos y las ha elegido él, así que enséñalas con buen tiempo y ofrécelas, a su lado, en la tormenta.
Fuentes
- Center on the Developing Child at Harvard University (Centro para el Niño en Desarrollo de la Universidad de Harvard), "Enhancing and Practicing Executive Function Skills with Children from Infancy to Adolescence" (guía de actividades, 2014)
- Zelazo, P. D., y Lyons, K. E., "The Potential Benefits of Mindfulness Training in Early Childhood: A Developmental Social Cognitive Neuroscience Perspective" (Child Development Perspectives, 2012)
- NHS (Servicio Nacional de Salud del Reino Unido), "Breathing exercises for stress" (guía de autoayuda de salud mental)