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Día 15 de 30 · Semana 3 · Conducta y límites

Amable y firme a la vez

7 min de lectura

La mayoría de los padres vamos de un extremo a otro. En un día bueno somos pacientes y generosos, y los límites se ablandan un poco por los bordes. Luego algo nos hace saltar, y nos volvemos estrictos, gritones y nada amables. Después nos sentimos culpables y volvemos a aflojar. Tanto vaivén agota a todo el mundo, y les enseña a los niños que las normas dependen de nuestro humor. Hay un lugar más estable donde plantarse, y no está a medio camino entre ser blando y ser estricto. Es las dos cosas a la vez.

Por qué importa

En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind empezó a estudiar la relación entre los estilos de los padres y cómo les iba después a los hijos. Describió a padres con mucho control pero poca calidez (autoritarios), con mucha calidez pero poca estructura (permisivos), y a un tercer grupo con mucho de ambas cosas. A este último estilo lo llamó democrático o "con autoridad". Décadas de investigación posterior, en muchos países, lo han asociado con niños más autónomos, que rinden mejor en el colegio y que tienen menos problemas de ansiedad, agresividad y conductas de riesgo en la adolescencia. Al revisar ese trabajo, el investigador de la adolescencia Laurence Steinberg concluyó que los beneficios se mantienen en una gran variedad de familias y contextos.

La razón es bastante intuitiva. La calidez le dice a un niño "conmigo estás a salvo, y lo que sientes tiene sentido". La firmeza le dice "el mundo tiene una forma, y yo la voy a sostener por ti hasta que puedas hacerlo tú". La calidez sin firmeza deja a los niños ansiosos y a cargo de decisiones para las que no están preparados. La firmeza sin calidez genera miedo, secretismo o rebeldía. Juntas, hacen que los límites se vivan como cuidado y no como control.

Firme no significa duro. La Academia Estadounidense de Pediatría deja claro que los gritos, la humillación y el castigo físico no mejoran el comportamiento con el tiempo y pueden hacer daño. La firmeza es más discreta: decir lo que va a pasar, y después dejar que pase, sin dramas.

Pruébalo hoy

  1. Une las dos mitades con "y". "Sé que te lo estás pasando genial, y es hora de irnos". El "pero" borra la primera mitad; la "y" deja que las dos sean ciertas. Practica esta palabra durante todo el día y fíjate en la diferencia en cómo llega.
  2. Di el límite una vez, con calma, y luego actúa. Repetir una petición ocho veces enseña a los niños a esperar a la novena. Dilo una vez y, si no pasa nada, pasa a la acción: apaga la tableta, cógele de la mano, pausa el juego. "Te ayudo yo".
  3. Acepta el sentimiento, mantén el límite. Cuando llegue la protesta, no hace falta rebatirla. "Estás muy desilusionado. Es normal. La respuesta sigue siendo no". Y luego deja de hablar. Volver a explicarlo invita a negociar.
  4. Mantén la cara y la voz cálidas. La firmeza está en lo que haces, no en lo alto que hablas. Una voz baja y una cara suave mientras cumples lo dicho con calma convencen más que una voz levantada.
  5. Sé flexible a propósito, no bajo presión. Está bien cambiar de opinión cuando tu hijo te da un buen argumento. Hazlo antes de la rabieta, no por ella: "Tienes razón en lo que dices. Esta vez, quince minutos más".

Cómo suena en la práctica

Martina, de catorce años, lleva toda la semana pidiendo ir a una fiesta el sábado. Su padre, que la tiene semanas alternas desde el divorcio, se entera el viernes por la noche de que no habrá ningún adulto en casa. Martina está en el sofá, con el móvil en la mano, preparada para la pelea.

"Entiendo que quieras ir", dice él, sentándose a su lado. "Va todo el mundo, y perdértelo es un fastidio. Y no me parece bien una fiesta en la que no hay ningún adulto en casa. Así que a esa, no". Martina echa la cabeza hacia atrás. "Eres superinjusto. Mamá me dejaría". Él no entra al trapo. "Puede ser. En esta casa la respuesta es no. Lo que sí puedo hacer es llevaros a Claudia y a ti al cine, y el fin de semana que viene puedes invitar a gente aquí". Ella pone los ojos en blanco y se va a su cuarto.

Una hora después baja, pregunta si lo del cine sigue en pie y si Claudia se puede quedar a dormir. Él le dice que sí. No sermoneó, no enumeró los peligros, no levantó la voz y no cedió. Martina recibió un no claro y un padre que seguía de su parte. Así es ser firme y amable en la vida real: no una conversación perfecta, solo una conversación serena.

Por edades

Cuando cuesta

"Si soy firme, mi hijo dice que soy mala y me siento fatal". Tu hijo tiene derecho a que no le guste un límite, y tú tienes derecho a mantenerlo igualmente. Su enfado en ese momento no es un veredicto sobre vuestra relación. Muchos padres notan que los niños se sienten más seguros, no menos queridos, cuando los límites dejan de moverse.

"Llevo años siendo demasiado blando. ¿No es tarde?". Nunca es tarde, pero cuenta con cierta resistencia al principio. Los niños ponen a prueba los límites nuevos para ver si son de verdad. Cuéntales qué va a cambiar y por qué: "He estado diciendo que sí cuando quería decir que no. A partir de ahora voy a ser más claro". Y luego sé constante durante unas semanas.

"Mi pareja es la estricta y yo soy el blando". Es muy habitual, y tiende a empujar a cada uno más hacia su extremo. Hablad en privado de dos o tres límites en los que estéis de acuerdo, y apoyaos mutuamente delante de los niños. No necesitáis estilos idénticos, solo un suelo común.

Errores frecuentes

En una frase

Los niños crecen bien cuando el límite es claro y la voz que lo sostiene es cálida, así que di las dos cosas de un tirón y deja que tus actos se encarguen de la parte firme.

Fuentes

Este artículo es información general y no sustituye el consejo médico o psicológico. Si te preocupa tu hijo o hija, consulta con un profesional.