Se nos escapa con mucha facilidad. Tu hijo trae a casa una nota altísima y le dices: "¡Qué listo eres!". Tu hija mete el gol de la victoria y le dices que tiene un don. Parece generoso, y nace del cariño. Pero unos meses después, ese mismo niño se niega a intentar la ficha de matemáticas más difícil, deja el equipo después de un mal partido o dice "Es que las ciencias no son lo mío". A veces el elogio que queríamos que fuera un regalo se convierte, sin hacer ruido, en una etiqueta que al niño le da miedo perder.
Por qué importa
En una conocida serie de experimentos de finales de los años noventa, Claudia Mueller y Carol Dweck dieron a alumnos de quinto de primaria una serie de problemas y después los elogiaron de una de dos maneras: por su inteligencia ("Debes de ser muy listo para esto") o por su esfuerzo ("Debes de haberte esforzado mucho"). Cuando les ofrecieron elegir qué intentar a continuación, los niños elogiados por su inteligencia escogieron con más frecuencia problemas fáciles que les permitieran seguir pareciendo listos. Tras una ronda de problemas más difíciles, disfrutaron menos de la tarea, insistieron menos y rindieron peor que los niños elogiados por su esfuerzo.
El patrón empieza pronto. Elizabeth Gunderson y sus colegas grabaron en casa a padres con sus hijos de uno a tres años y encontraron que, cuanto más elogiaban los padres el proceso ("Te has esforzado mucho", "Has encontrado una buena manera") en lugar de a la persona ("Eres una niña muy buena", "Qué listo eres"), más probable era que esos niños, años después, creyeran que la capacidad crece con el esfuerzo y prefirieran los retos. Investigaciones posteriores del grupo de Dweck añaden un matiz: la forma en que los padres reaccionan ante el fracaso parece influir en las creencias de los hijos incluso más que lo que dicen sobre la inteligencia. Si los errores se tratan como desastres, los niños aprenden a esconderse de ellos.
Una nota honesta: los programas escolares de "mentalidad de crecimiento" han mostrado efectos medios modestos, y una sola frase no va a transformar a un niño. El elogio del proceso funciona mejor no como un eslogan, sino como un hábito diario de fijarte en cómo tu hijo se enfrenta a las cosas, también cuando salen mal.
Pruébalo hoy
- Cambia una etiqueta por un proceso. En lugar de "Tienes un don", prueba con "Has practicado esa parte difícil todas las tardes, y ahora te sale sola". Lo primero es un veredicto; lo segundo, una receta que tu hijo puede volver a usar.
- Elogia las estrategias, no solo el trabajo duro. El esfuerzo por sí solo no es lo importante si no lleva a ninguna parte. Fíjate en el cambio de enfoque: "Cuando la primera forma no funcionó, probaste a dibujarlo. Así es como se resuelven los problemas".
- Añade la palabra "todavía". Cuando tu hijo diga "No sé hacer fracciones", respóndele: "Todavía no sabes hacerlas. ¿Qué parte te lía ahora mismo?". Convierte una afirmación cerrada en un paso de un camino.
- Haz que los errores resulten interesantes. En la cena, haced una ronda: "¿Qué ha sido difícil hoy y qué has probado?". Respóndela tú también.
- Muestra en voz alta tus propias dificultades. "Hoy la presentación me ha salido mal. La próxima vez voy a ensayarla en voz alta antes." Los niños aprenden mucho más viendo cómo gestionamos el fracaso que de cualquier cosa que digamos sobre él.
- Cuando el esfuerzo no da fruto, añade un siguiente paso. En lugar de un "Bueno, lo has hecho lo mejor que has podido" de consuelo, di: "Te has esforzado muchísimo y todavía no te sale. Vamos a pensar qué más podríamos probar, o quién te podría ayudar".
Cómo suena en la práctica
Nico tiene once años y pasa las tardes de los sábados con su abuela Carmen. Desliza un examen de matemáticas por la mesa de la cocina: 58 sobre 100. Se prepara para la decepción. "Soy malísimo en mates, abuela."
Carmen se pone las gafas y lo lee despacio. "¿Cuáles tienes bien?" Él señala las divisiones largas. "Esas eran difíciles. ¿Cómo las has hecho?" Él le explica, con un poco de orgullo, cómo comprobaba cada resultado multiplicando al revés. "Qué estrategia tan buena. Te has inventado una forma de pillar tus propios errores." Y luego: "¿Y las que has fallado?". Son todas problemas con enunciado. "No entendía lo que preguntaban." Carmen asiente. "Entonces no es que se te atasquen las matemáticas. Es entender qué te pide la pregunta. Eso lo podemos practicar."
Nico llegó convencido de que era malo en matemáticas. Se fue con un problema concreto que resolver y una estrategia que ya era suya. Carmen nunca le dijo "Eres listo" ni "No te preocupes". Se fijó en lo que había hecho, y eso cambió lo que él creía que podía hacer.
Por edades
- 0–2 años: Pon palabras a su constancia: "¡Has estirado el brazo una y otra vez, y lo has conseguido!". Los bebés todavía no entienden las palabras, pero sienten tu alegría por su esfuerzo, y el hábito se vuelve natural para ti.
- 3–6 años: Habla de las decisiones que toma en lo que hace: "Has usado un montón de colores en el cielo. Cuéntame". No te apresures a terminarle el puzle; elogia el quinto intento, no solo la solución.
- 7–11 años: Los deberes y el deporte pasan a primer plano. Pregunta por el proceso: "¿Qué hiciste cuando te atascaste?". Evita comparar notas con hermanos o compañeros de clase.
- 12–16 años: Los adolescentes detectan al instante un elogio vacío. Sé concreto, breve y, a menudo, hazlo en privado: "He visto que has reescrito esa redacción dos veces. Eso requiere mucha disciplina". Comparte tus propios tropiezos, también los del trabajo.
Cuando cuesta
"Pero es que mi hijo tiene altas capacidades de verdad." Puede que sí. Aun así, es mejor tratar el talento como un punto de partida, no como un destino. Los niños con altas capacidades que nunca han tenido que esforzarse suelen ser los que se vienen abajo cuando por fin el colegio se pone difícil. Elogiar su esfuerzo y sus estrategias los prepara para ese día.
"Cuando lo digo suena forzado." Al principio, sí. Empieza con un solo comentario sobre el proceso al día, con tus propias palabras. No necesitas un guion; necesitas describir algo real que hayas visto.
"A mi hijo le afecta muchísimo cualquier error." Algunos niños son muy perfeccionistas. Muestra tus errores con buen humor, mantén la calma ante los suyos y elogia el hecho mismo de arriesgarse: "Has probado algo nuevo, aunque era difícil". Si el miedo a equivocarse le causa malestar o evitación a diario, habla con su tutor o con un psicólogo infantil.
Errores frecuentes
- Elogiar el esfuerzo por todo. Un "¡Qué esfuerzo!" ante una tarea que no ha costado nada suena hueco, y los niños lo saben. Resérvalo para el trabajo real y sé concreto.
- Usar el elogio del esfuerzo como consuelo. "Por lo menos lo has intentado" puede sonar a "No creo que pudieras haberlo hecho mejor". Combina la empatía con un plan para la próxima vez.
- Inflar los elogios. Las investigaciones de Eddie Brummelman y sus colegas sugieren que los elogios exagerados, como "¡Es increíblemente bonito!", pueden ser contraproducentes en niños con baja autoestima y hacer que eviten nuevos retos. Mejor honesto, concreto y cálido que desmesurado.
En una frase
Cuando elogias cómo ha trabajado tu hijo en lugar de quién es, le das algo de lo que siempre puede hacer más.
Fuentes
- Mueller, C. M., y Dweck, C. S., "Praise for Intelligence Can Undermine Children's Motivation and Performance" (Journal of Personality and Social Psychology, 1998)
- Gunderson, E. A., y colaboradores, "Parent Praise to 1- to 3-Year-Olds Predicts Children's Motivational Frameworks 5 Years Later" (Child Development, 2013)
- Haimovitz, K., y Dweck, C. S., "What Predicts Children's Fixed and Growth Intelligence Mind-Sets? Not Their Parents' Views of Intelligence but Their Parents' Views of Failure" (Psychological Science, 2016)
- Brummelman, E., y colaboradores, "That's Not Just Beautiful, That's Incredibly Beautiful! The Adverse Impact of Inflated Praise on Children With Low Self-Esteem" (Psychological Science, 2014)