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Día 26 de 30 · Semana 4 · Crecimiento e independencia

Comidas sin presión

8 min de lectura

La negociación empieza antes de que nadie se siente. Tres trozos más de pollo. Dos si te comes las zanahorias. No hay postre si no dejas el plato limpio. Al final de la comida todos están agotados, la mitad de la comida está fría y el niño que "nunca come nada" ha comido más o menos lo que iba a comer de todas formas. Muchas familias viven esta escena cada noche. No tiene por qué ser así.

Por qué importa

La dietista y terapeuta familiar Ellyn Satter pasó décadas observando lo que ocurre en la mesa familiar y describió un modelo sencillo que hoy usan ampliamente los dietistas pediátricos: la División de Responsabilidades en la alimentación. Los padres son responsables de qué comida se ofrece, cuándo se ofrece y dónde se come. Los niños son responsables de si comen y de cuánto. Con los bebés, el reparto empieza antes: los padres deciden qué (leche materna o de fórmula, y después los primeros alimentos) y el bebé marca cuánto y a qué ritmo. Cada parte hace su trabajo y confía en que la otra haga el suyo.

Funciona porque los niños nacen con una percepción razonablemente buena del hambre y la saciedad, y la presión interfiere con ella. Las investigaciones de Leann Birch, Jennifer Fisher y sus colegas encontraron que, cuando a los niños se les presiona para comer, se les premia por comer o se les obliga a terminar, tienden a que les guste menos el alimento en cuestión y a fiarse menos de sus propias señales internas. En un conocido estudio, niños de preescolar comieron menos sopa, e hicieron más comentarios negativos, los días en que se les decía que se la terminaran. Restringir también sale mal: los alimentos que se les prohíben se convierten en aquellos con los que se obsesionan.

La presión también cambia el ambiente. Un niño que se siente observado mientras mastica está nervioso, y un cuerpo nervioso no tiene hambre. Una mesa tranquila, unos horarios de comida previsibles y la exposición repetida y sin presión a alimentos nuevos son lo que poco a poco amplía lo que un niño come. Muchos niños necesitan ver un alimento en la mesa muchas veces, a veces diez o más, antes de probarlo.

Pruébalo hoy

  1. Decide el menú e incluye un alimento seguro. Sirve la comida familiar con al menos una cosa que tu hijo suela comer, como pan, arroz, fruta o yogur. Si quiere, puede llenarse con eso. No estás cocinando a la carta.
  2. Deja que se sirvan solos cuando sea posible. Pon las fuentes en el centro y deja que los niños se sirvan sus propias raciones, aunque sean pequeñas. "Sírvete lo que creas que te pide la tripa. Si te quedas con hambre, hay más."
  3. Elimina cualquier forma de presión, también la suave. Nada de sobornos, nada de "una cucharada más", nada de elogios por dejar el plato limpio, nada de postre como premio. También es presión decir por cuarta vez "Mmm, pruébalo, que está buenísimo". Si quieres servir postre, pon una ración pequeña junto con la comida, no como recompensa.
  4. Mantén horarios fijos de comidas y meriendas. Los niños que pican toda la tarde llegan a la cena sin apetito. Meriendas sentados a horas fijas, y agua entre medias, ayudan a que el hambre de verdad aparezca en la mesa.
  5. Habla de cualquier cosa menos de la comida. Pregunta qué ha sido lo más divertido del día o planead el fin de semana. Cuanto menos gire la comida en torno a comer, más suele comerse.
  6. Termina la comida sin comentarios. Cuando tu hijo diga que ha terminado, créele. "Vale, ya has acabado. Deja el plato junto al fregadero, por favor. Lo siguiente que comemos es la merienda." Y luego cumple esa promesa, en vez de ofrecerle galletas veinte minutos después.

Cómo suena en la práctica

Adrián y su hermana gemela, Lola, de nueve años, se sientan a comer lentejas, pan y un plato de palitos de pepino con su padre, Óscar, que los martes teletrabaja. Adrián aparta el plato de lentejas. "Odio las lentejas."

Hace un mes, Óscar habría empezado el discurso de siempre. Esta noche dice: "Vale, no tienes por qué comértelas. Hay pan y pepino". Adrián coge tres rebanadas de pan y un montón de pepino. Óscar se gira hacia Lola. "¿Y qué pasó con el proyecto de ciencias? ¿Tu grupo se decidió por los volcanes?" La conversación va de los volcanes a si los pingüinos tienen rodillas. A mitad de la comida, Adrián moja una esquina de pan en las lentejas de su hermana, mastica y no dice nada. Óscar tampoco.

Funciona porque nadie convirtió las lentejas en una batalla, así que Adrián no tenía ninguna posición que defender. Las probó a su manera, sin nadie mirando. La semana que viene quizá se sirva una cucharada. O quizá no, y las lentejas volverán a la mesa de todos modos.

Por edades

Cuando cuesta

"Si no insisto, mi hijo no come nada." Algunos niños comen muy poco al principio cuando desaparece la presión, y eso asusta. La mayoría de los niños sanos equilibran lo que comen a lo largo de varios días, no en cada comida. Sigue ofreciendo comidas y meriendas con estructura y dale unas semanas. Si te preocupan el peso, el crecimiento o la energía de tu hijo, consulta con el pediatra o con un dietista-nutricionista titulado, que puede valorar cómo está creciendo a lo largo del tiempo.

"No puedo cocinar tres menús distintos." Ni debes. La División de Responsabilidades te pide cocinar una sola comida familiar y asegurarte de que incluya algo que todos puedan comer. Eso es menos trabajo que cocinar a la carta, no más.

"Su abuela no para de insistirles para que coman." Explícale el enfoque brevemente y con calma, y céntrate en lo que más necesitas: "Por favor, no la obligues a terminarse el plato. Ella sabe cuándo está llena". Tú mandas en la mesa de tu casa; alguna comida ocasional en otro sitio no lo va a deshacer.

Errores frecuentes

En una frase

Tú decides qué, cuándo y dónde; tu hijo decide si come y cuánto; y una mesa tranquila hace el resto.

Fuentes

Este artículo es información general y no sustituye el consejo médico o psicológico. Si te preocupa tu hijo o hija, consulta con un profesional.